Infancia clandestina

Agradezco al cine Gaumont la posibilidad que me da de frecuentarlo reduciendo al mínimo mi inexistente salario. Cuatro pesos (con descuento) cuesta la entrada para ver los mejores estrenos nacionales que, si bien hoy desdeñados por la mayoría del público, la cosa va cambiando.

Empezamos a tomar conciencia del valor de lo nacional, lo nuestro, lo local, lo argentino, lo latinoamericano. Abrimos los ojitos acostumbrados a tanta oscuridad, para ver lo que nos representa, los que nos repercute y los cerramos para las grandes, repetitivas e insistentes publicidades que nos atormentan de jueves a jueves haciendo verdad las mil mentiras de que el cine importado de Hollyshitwood, con sus comedias baratas de chistes fáciles y sus superhéroes virtuales son lo mejor que nos puede pasar en la vida, cuando lo único que nos termina deleitando es el dulce pochoclo de los grandes complejos cinematográficos.

El caso fue Infancia clandestina, ópera prima y autobiográfica de Benjamín Ávila, recientemente seleccionada para representar al país en la categoría de película en lengua extranjera, en los honorabílisimos premios de la gran Academia que no es Racing Club. La terna era esperable por tener esta película tanto aire a la de J.J. Campanella que ganó en 2010. Las similitudes son la música lenta del piano, el trasfondo de la dictadura, la mirada trágica y romántica de una vida que no escapa al humor casual ni al grotesco equilibrado, el uso de actores de otros géneros para sostener firmes personajes secundarios.

En aquel momento había que verlo a Francella, después de años de Sambusetti y del padre que decía a cámara temblando: "¡si es una nena!", como un alcohólico melancólico que se sacrificaba por el abogado encarnado por Darín. En este caso, Natalia Oreiro se despoja de años de telenovelas de almuerzo como Muñeca Brava (que le dieron fama mundial), para vestirse de montonera, empuñar el revólver y llamar compañeros a los suyos, en una actuación impecable, en una filmación que aprovecha al máximo el rostro hermoso, y el gesto duro de la actriz uruguaya.

La película retrata la niñez de Juan, un pre-adolescente que se instala con su familia en una casita del conurbano, hijo de guerrilleros que vuelven en el 79 después de exiliarse en Cuba, para combatir con la guerrilla peronista. Desde el comienzo, se toca un tema sensible y latente: la visión, los medios y los fines de la guerrilla armada de los años setenta. Contra la teoría de los dos demonios, los Montoneros en este film no atacan, solo proveen balas y armas a grupos subalternos. No se los ve (como sí pasa en Garage Olimpo) poniendo bombas bajo una cama o secuestrando milicos.  

Juan quiere crecer feliz en un mundo con miedo. Sus padres son perseguidos y actúan cada vez con mayor paranoia. La discusión central se reduce a la escena de la visita de la abuela (Cristina Banegas) que le pide a su hija (Natalia Oreiro) que les ceda a los nietos antes de que pase lo peor. "Vos sos una egoísta de mierda que nunca te importó nada ni nadie" (o algo parecido) le dice ésta a su madre reivindicando ideales de lucha revolucionaria socialista. La abuela solo pide a los nietos para evitar lo que ya pasaba a miles de desaparecidos.

Lo mismo pasa con el personaje del tío (Ernesto Alterio) que viola medidas de seguridad para llevar un poco de alegría a la familia. La tensión narrativa oscila todo el tiempo entre estos pasajes románticos de la niñez setentosa, con el miedo que significa enfrentar militarmente a la dictadura más terrorífica y genocida de la historia argentina. Juan pareciera estar del lado de su abuela al objetarle a su padre que él tampoco quiere vivir en guerra toda su vida.  
 
La polémica remite a la pregunta última de si vale la pena luchar en un mundo de mierda y sacrificarse uno y su familia para lograr la felicidad de los demás o si la felicidad se logra al no involucrarse en la lucha, hacer oídos sordos a la desigualdad y la miseria latente en las calles, y buscar el regodeo propio sin importar el sufrimiento de las demás personas.

Mi respuesta es ninguna y ambas. La felicidad es ayudar a quien lo necesite y perjudicar lo menos posible, tanto directamente como indirectamente. La felicidad es ayudar a los demás, que es ayudarse a uno. Hoy los tiempos de lucha terminaron. Hoy son tiempos de paz, educación, arte y amor libre. ¡Viva el hippismo!                                                        

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