Llegué a lo del amigo "I" a las nueve de la mañana con la consigna de "afeitado, pantalón y zapatillas negras", mientras se bañaba, me tomé unos mates con Frutigram, en el patio de su PH en la calle Muñiz, barrio de Boedo.
Tomamos la violeta línea E del subte, combinamos con la amarillenta F y nos metimos en la escarlata B, para dirigirnos a Villa Urquiza, esquina Los Incas y Triunvirato, donde nos encontrarnos con lindas muchachitas que serían colegas aquella jornada. Tomamos un bondi al partido de San Martín donde serviríamos el asado.
A las once entrábamos al edificio del sindicato de Luz y fuerza zona noroeste; la carne había sido echada toda a la parrilla. Es dicho popular entre asadores que el cálculo es medio kilo de nerca por comensal, afirmación controversial porque no aclara si el medio kilo contempla achuras ni se dice si el asado incluye ensalada, chimichurri o criolla, cosas que si bien no ocupan mucho espacio, dan la sensación de llenar más en el chori o cualquier sánguche.
Un asadete para 300 gordos, muchachos, ancianos y sus mujeres: doñas elegantes con cierta rusticidad. Seis parrillas del tamaño de tranqueras sostenían los choris, las morcis, las mollejas, los grandes cortes de vacío, bondiola, variedad de entrañas, kilos de asado de tira.
La cuenta da ciento cincuenta kilos de carne, y era algo así, la superficie de brasas medía como diez metros cuadrados. Todo armado al lado de una canchita de fútbol 5, por lo que con otros mozos nos pusimos a tirar unos tiros, siempre con el miedo de que la pelota hiciera una desafortunada carambola en el palo del arco y fuera a caer directamente arriba de las patas y pechugas de pollo, la morci, o lo más rico: las mollejas.
Amo comer un asado tanto como hacerlo, pero me rehuso fervientemente a los aplausos finales "al asador": el aplauso y las felicitaciones son para la vaca. Me hubiera gustado quedarme ahí con la gauchada tomando unos verdes, pero ya había tres asadores, entre ellos el amigo "I", por lo que fui a la cocina con las damas a encargarme de las ensaladas.
Recomiendo fervientemente el servicio de catering El gauchito, en el que trabajé: esa gente no solo hace las cosas con perfección y delicadeza, sino también con humildad y sabiduría. No recibí orden en toda la jornada. Colaboré con el servicio sin esperar encomienda alguna; con propia voluntad, me dispuse a colaborar en las labores culinarias.
Entre cuatro mozos colegas se instalaron en la puerta a descorchar los tintos. Algo así como 15 cajas de seis botellas. No había más sacacorchos así que me sumé al trabajo colectivo de cortar tomates, pelar zanahorias o rebanar cebollas para generar kilos y kilos de ensalada mixta y de zanahoria y huevo que depositábamos en tappers gigantes en el piso y después servíamos en platos hondos.
En el salón principal nos esperaban cinco largas mesas con más de sesenta sillas de uno y otro lado. Los compañeros, peronistas y sindicalistas, ancianos y jóvenes, limpios y roñosos, comenzaban a llegar, ocupar sus lugares y llenar sus copas.
Nuestra organización era simple: por mesa había un encargadx de bebidas y tres papelitos con nuestros nombres para saber qué mesa y sector servir cada uno. Lamentablemente, no me enteré de esto hasta la hora de servir la ensalada cuando un colega me preguntó: "¿no te fijaste tu pepalito?"
Tuve que ir mesa por mesa esquivando abrazos de alegría, chistes y gestos corporales de extremo cariño entre compañeros, buscando el papelito con mi nombre, mientras se servía la ensalada; ya era la una del mediodía y los muchachos preparaban sus busardas para la parrillada...
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