Íbamos en fila, cargando las bandejas con brasas encendidas para que la parrillada se mantuviera en temperatura, unxs por la escalera del frente, otrxs por atrás, a darle de comer a quienes mantienen e instalan la electricidad cuando la contratamos y nos la cortan cuando no la pagamos. Las encargadas de bebidas circulaban de acá para allá, buscando botellas vacías y cambiándolas, esquivando abrazos y movimientos bruscos, descorchando vinos, llevando agua, soda, cerveza y gaseosa.
¡Tantas bocas que alimentar! Llevé cuatro tandas de choris, morcis, riñón y mollejas. Iba de la mesa al patio cargando las bandejas, llenas al partir, vacías al volver. Como ningunx de nosotrxs había almorzado y eran las tres de la tarde, volvíamos con las bandejas frías, cargando medio chori, un cuarto de morci y alguna que otra molleja, y en un movimiento rápido de mano, bajando la escalera, lo arrebatábamos y lo ingeríamos casi sin masticar para no quedar mal con los que rondaran los pasillos, y seguir con nuestro trabajo.
Después de esto, venían inmediatamente los cortes de vacío, bondiola, tapa de asado y asado de tira, pero al llegar a la parrilla nos enteramos que todavía le faltaba un poco. Los parrilleros se habían queado cortos de carbón. En este tipo de parrillas, la grasa cae directamente sobre las brasas y las apaga. La gente se ponía nerviosa. Una vieja me protestaba por haber llevado carne a toda la mesa menos su sector.
Era una gran lucha contra mis hermosas compañeras, todxs tratando de conseguir un lugar en la gran mesa ahora vacía de los parrilleros. Queríamos llenar nuestras bandejas de brasas y cargarla de cualquier cosa mientras fuera comible, para no recibir las quejas de lxs invitadxs. Era una lucha perdida puesto que las dejaba a todas cargar un corte de asado o una pechuga de pollo cuando salían cada tanto.
La vieja sindicalista se aprendió mi nombre y mandó al organizador a llamarme para que le llevara comida. A esta altura me había cansado de esperar y me asumí como asador para empezar a cortar la carne y agilizar el proceso de llenado de bandejas. Me olvidé de los comensales que veían sus platos nuevamente vacíos y sus estómagos a medio llenar.
La carne dejó de salir por falta de cocción, por lo que nos juntamos lxs mozxs en la mesa junto a la parrilla a esperar, cargar todas las bandejas, servir todo de una y ahorrarnos los veinte viajecitos con pocas cosas.
Así lo hicimos, esperamos media hora en fila, vistiendo nuestros delantales negros de El gauchito, cargamos todas las bandejas con asado, pollo, vacío y bondiola. Salimos en fila con la gran ración de nerca a satisfacer a los trabajadores de la luz, a terminar de una vez con esta gran parrillada para los gordos que a esta altura ya ni el vino podían esperar, por lo que se precipitaban en la cocina, manteniendo con dificultad el equilibrio a agarrar algún tinto, blanco o cerveza de los últimos que quedaban.
El servicio concluía. Dejamos la gran última ración de carne en las mesas, pensando cada unx "ahí tenés, tomá, llenate de colesterol", pero, lamentable o afortunadamente, los comensales habían perdido su apetito, y volvimos contentxs, almorzándonos las sobras, antes de preparar las bochas de helado de vainilla con miel de frutilla.
El pago fue bueno, hubo generosa propina para todxs lxs mozxs, algunas muchachas se quejaron de las groserías y las invitaciones que recibieron por parte de los sindicalistas algo mamados. Yo me volví con una gran bolsa llena de carne cocida para continuar con la parrillada en el horno de mi casa. Por lo que terminé con el estómago y la billetera llenos, y el corazón contento.
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