Una parrillada para gordos (tercera parte)

No voy a negar que me enamoré de mis compañeras: lindas mozas de San Fernando, San Isidro, Tigre y Olivos que cantaban canciones al matador de Victoria. Sin embargo, mi tímida mirada y torpe ayuda contrastaron en extremo con los piropos y ofertas de los compañeros del sindicato a algunas de ellas, especialmente después de haberse tomado unas cuantas botellas de tinto.

La advertencia de nuestra jefa, antes de servir la gran panzada de nerca fue: "Cuando carguen los braseros con la carne, agárrenlos con un repasador de la manija y con la otra mano de la parte baja de la patita que no quema; vayan tranquilos y háganme caso, que no les va a pasar
nada", y mientras nos decía esto, lo demostraba todo con sus gestos y sus manos como si fuera una azafata de avión que enseña a los pasajeros a ponerse los chalecos salvavidas.

Y así fuimos todxs juntxs, cargando las bandejitas, directo a la parrilla a buscar el alimento de los trabajadores que festejaban el aniversario del sindicato. La idea fue servir lo máximo después de que terminaran de entregar varios premios a los veteranos y a los mejores compañeros y cantar la marcha de luz y fuerza, que mucho se parece a aquella que ya sabemos de memoria: "los muchachos peronis...". Esperamos a que los compañeros, parados de sus sillas y agitando las manos como en la cancha, terminaran de entonar este tango gótico socialdemócrata, similar a los cantos del cine europeo de los años 30 y al del capítulo de los Magios.


En el patio, tras una larga mesa de pino, nos esperaban los tres asadores, uno con delantal, otro en remera y  otro en cuero, los tres con manos negras del carbón, cada uno sosteniendo un gran cuchillo. En fila cargamos de brasa los braseros y pasamos a la mesa a llenarlos de achuras.

Qué desgraciado empleo el de servir la comida. Todo es competencia. Los comensales se auto imponen la tarea de evaluar y criticar el servicio, por lo que una pequeña demora de la comida se torna queja, reproche o gran discurso que avergüenza a quien se encuentra sirviendo.

Por suerte para lxs mozxs (no fue mi caso ni tampoco, creo, el de mis finas compañeras) existe la técnica del garzo en la comida, de la cual, creo, debería existir una ley que la contemple; algo como: "si el mozo o la moza que atiende al cliente, siente su sensibilidad ofendida o le faltan el respeto, tiene derecho a depositar su saliva sobre la comida y hasta de advertirles de esto a sus comensales, lo cuales deberán aceptar su falta y comer sin objeciones".

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