-No, por favor, cómo te lo voy a vender si se me cayó al piso; dejá, te doy otro.
¡Qué momento de mierda! Mi primer pan relleno vendido yacía ahora tirado en la tierra, bajo el banco del comprador, en el Parque Centenario. Yo nervioso. Le dije que lo deje ahí como estaba, agarré uno al fondo del taper y se lo di.
-Gracias, ¿cuánto es?
-Doce pesitos -le dije levantando el que estaba en el piso-, éste me lo como yo -concluí, antes de soplarlo de cada lado y pegarle un mordisco. El buen hombre lo empezó a comer- Y, ¿está bueno?
-Todavía no llegué al relleno, pero la masa está bien.
-Bueno... gracias... que lo disfrutes.
Me fui a pescar otros peces. Una vieja leía el diario. "Hola, ¿no quiere un pan relleno: calabaza, capresse, jamón y queso?". "No, gracias", me contestó; pasé al siguiente: "Hola, ¿quiere un...", me tocaron el hombro de atrás.
-Disculpame -me decía el buen hombre devolviéndome el pan relleno-, pasa que soy vegetariano y este tiene jamón.
-Uhh, no te puedo creer, perdoname.
-No hay drama -me dijo el buen hombre y se fue.
¿Puedo ser tan idiota? Lo fui a buscar, agarrando los doce pesos.
-Tomá, no te lo voy a cobrar si no lo comés.
-No, no, dejá, está bien, yo no sabía que tenía...
-Por favor, ¿cómo te lo voy a cobrar? Tomá los doce pesos por favor.
-No te preocupés, quedátelos.
La situación me puso más tenso aún; quería que terminara el momento de mierda.
-Hagamos una cosa; tomá este -le mostré el que se me había caído y tenía un mordisco mío en la tapún.
-Bueno dale.
-Chau.
Mi primera venta había concluido. Se me había caído el pan relleno, arruiné el vegetarianismo de un buen hombre y se lo terminé cambiando por uno sucio y mordido por mí. Todo un fracaso, pero un fracaso con estilo.
Para relajarme me fui a visitar a mi amigo argelino Aminne, de quien me encargaré en posteos posteriores. Aproveché mi descanso para ordenar los panes. Los de calabaza estaban casi todos partidos por la mitad. "Ya fue, pensé, me los como yo", y puse uno sobre el taper. Mi almuerzo fue el pan de jamón y queso que me devolvió el buen hombre y uno de calabaza.
Salí otra vez a la marcha. Había varios panes que vender.
Decidí bajar el precio del pan ya al segundo que vendí, esto es algo importante a reflexionar. Seguí adelante.
Hice el Parque Centenario, vendí el que ya conté más uno más de jamón y queso al hijo de un hombre sentado en el césped, otro a una nenita que estaba con su abuela: la única del día que pidió de calabaza. Otro de jamón y queso a un grandulón de Atlanta que me dijo: "Caíste en el momento justo, me muero de hambre; están ricos eh". Por todos lados veía el libro que una hora antes me habían ido a regalar a la puerta de mi casa: "LA GRAN ESPERANZA".
A eso de las 14 arranqué para Parque Rivadavia. Di unas vueltas; vendí tres a una muchacha que tenía hambre y me sacó todo el cambio. Vendí uno de calabaza roto a un viejo linyera que, tras preguntarme lo que era y cuánto costaban, me ofreció cinco pesos, sin pronunciar palabras muy claras.
-Hagamos una cosa, señor -le dije- le doy este de calabaza que está roto. Disfrútelo.
Me sentí un poco mal vendiéndole a un vago de la calle, un pobre muerto de hambre, viejo y flaco, que vive yirando por las plazas. Pero bueh, así es el negocio, si uno quiere vivir de algo, no puede regalar nada, a menos que alguien con recursos lo banque.
A las 15 me fui a Plaza Irlanda con la bici por Rivadavia atravesando Primera Junta; el sol de otoño pegaba lindo en la tarde; yo me cagaba de calor. El taper ya no pesaba tanto; yo estaba bastante cansado. Me quedaban todavía algunos cuantos panes por vender, la mayoría rotos.
En Plaza Irlanda no me compraron ni uno. Después de dar la vuelta a la plaza, me di cuenta de que tenía unos grandes cayos en las plantas de los pies; me dolían las piernas, no había vendido ni la mitad de los panes.
Me subí a la bici y empecé a pedalear hasta mi casa. A la cuadra, se pinchó la rueda delantera, por culpa de un clavo gigante que la penetró sin piedad. Me faltaban cinco cuadras todavía, con el taper, mis cayos, el cansancio y el calor. Y aún me tenía por dichoso, pareciéndome que aquella era propia desgracia de vendedores de panes rellenos, y todo lo atribuía a la falta de mi bicicleta; y fue duro caminar las cinco cuadras, según tenía abrumado todo el cuerpo...
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