De esto me venía dando cuenta unas semanas atrás, durante un asado, ante la pregunta de una amiga. Comenté que, por haber pasado ya más de tres meses desde que me habían despedido de mi último empleo, me estaba quedando sin plata.
-¿Qué se siente ser pobre?
-¡Dignidad! -grité con la frente en alto -¡Honor! -rematé-. Lo mío es pobreza digna, como la que comenta Brandoni, con la empanada en la mano.
La pobreza hoy es moneda corriente. Un mal que afecta a la mayoría de la población. La guita va y viene. El dinero no es todo, pero cómo ayuda.
Duele que antes de fin de mes se acabe el sueldo. Más duele a mediados y más todavía si no hay sueldo. Llegan los impuestos, el alquiler, hay que comer; la plata desaparece en el cajón. Una semana atrás había trescientos, ahora solo hay 100 y gastos duros que afrontar.
Por suerte, la pobreza no impide hacer chistes con el tema. Después de todo, tengo para comer. No tengo otras bocas que alimentar. Mi pobreza es simplemente inaccesibilidad a ciertos bienes de las clases medias y la baja burguesía. Vivo bien, tengo cama, techo, agua caliente, ropa. Es lo que importa. No necesito nada más.
Soy feliz. No estaría mal censar cuántas personas son felices. A diferencia de la pobreza y la riqueza, la felicidad no puede medirse por accesibilidad o no a bienes, nivel de educación, estilo de vida o nivel de ingreso. Es algo definitivo. ¿Sos feliz? Sí o no. No hay muchas vueltas que darle.
Borges dijo (lo vi en televisión): "No hay día en el que no seamos al menos por un momento eternamente felices".
La pregunta es: ¿Fuiste feliz la última semana? En ese caso la felicidad se mide como la desocupación. Se es feliz cuando se lo fue una cantidad de horas por semana, que hayan sido remuneradas con un mínimo de sonrisas, chistes y cosas por el estilo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario