Lo encontré en Catedral a las 19. Yendo hacia allí me crucé a los colectiveros del 60 que cortaban Callao. Más adelante, cruzando la legislatura porteña, los docentes protestaban contra el cierre de grados en la Ciudad.
Pablito leía un libro viejo sentado en el andén.
-Te olvidaste una partitura en mi casa.
-No importa, me sé los temas de memoria -le retruqué- y, si no, la careteamos.
-¿Estás seguro? Ni la practicaste ¿no?
-La practiqué hoy un poco.
-¿Trajiste algo para colgar la guitarra?
-No necesito.
-¿Seguro?
Asentí.
-Va a ser el peor día.
Claramente no me tenía confianza. Elegimos cuatro o cinco canciones de las siete que veníamos ensayando. No recordaba una chacarera, pero sí la Zamba azul. Propuso tocar el Standard, a pesar de que no haberlo practicarlo. Decidió poner la partitura en el piso para leerla parado por sobre el violín.
No salió mal. Las primeras veces, el Sweet Georgia fue como un masa rítmica fluctuante que mutaba de velocidades y energías. Nos equivocamos un par de veces, pero lo arreglamos poniendo cara de saber lo que tocábamos.
La gente tardaba en aplaudirnos. Tronábamos el último acorde y quedaba un silencio retumbando. Si se escuchaba un aplauso, siempre retardado, a veces estallaba en clamor; otras quedaba el "clap, clap" solitario y volvía el silencio del subte, que es el ruido infernal de las ruedas rozando las vías.
La gente tardaba en aplaudirnos. Tronábamos el último acorde y quedaba un silencio retumbando. Si se escuchaba un aplauso, siempre retardado, a veces estallaba en clamor; otras quedaba el "clap, clap" solitario y volvía el silencio del subte, que es el ruido infernal de las ruedas rozando las vías.
Llegando a la terminal, con el carro casi vacío, nos pusimos a charlar:
-¿Viniste alguna vez a la mañana? ¿Da para venir? ¿Más gente hay?
-Hay mucha mafia -me contestó.
Fuimos de Catedral a Congreso de Tucumán y volvimos. La gente nos dejaba bastante propina, me alegraba con cada Bartolomé Mitre que veía caer en la mochila. La superpoblación del subte nos obligó a cambiar de vagón en Pueyrredón, pero terminamos afuera en el andén central.
Fuimos a la punta de la estación para esperar el próximo carro. Mientras evaluábamos nuestro desempeño, vi a la distancia pararse a un gordito bajo, remera del Chelsea y gorrita; lentamente empezaba a caminar hacia nosotros. Lo seguía de atrás una niña que pide limosna.
Pablito lo saludó.
-Escuchame pa, no me traigás más gente porque te rompo todo el violín.
-Qué me decís -le contestó Pablito- ¿me estás amenazando?
Fuimos a la punta de la estación para esperar el próximo carro. Mientras evaluábamos nuestro desempeño, vi a la distancia pararse a un gordito bajo, remera del Chelsea y gorrita; lentamente empezaba a caminar hacia nosotros. Lo seguía de atrás una niña que pide limosna.
Pablito lo saludó.
-Escuchame pa, no me traigás más gente porque te rompo todo el violín.
-Qué me decís -le contestó Pablito- ¿me estás amenazando?
-Yo solo te digo que no traigás más gente porque te pudro todo el rancho amigo, corte te vamos a cagar a palos.
-Mirá yo no necesito que me amenacés. No te tengo miedo. Además yo no trajé a nadie; vine con él hoy nomás.
-Yo no vengo más capo. No te preocupes -le dije para tranquilizarlo.
-Sí, si vos trajiste el de gorrita que toca esa cosa -hizo como que tocaba un tambor; pensé en Ivo y su djembé. -Ese ya se manda solo. No queremos más gente. Andá a otra línea pero no vengás más acá porque se pudre todo. Te lo digo bien, no traigas más gente.
Seguimos hablando medio bien, medio mal. Llegó el carro. Se mandó el loco a vender su "Manual para pasar el examen de conducir". La niña lo siguió y lo esperó. Antes de entrar en el carro, le dije a Pablito:
-Ya fue. Nos tomamos el próximo.
No me escuchó y se mandó tras del vago.
Pablito estaba furioso. No le gustó nada la amenaza. Mientras el vago repartía manuales, Pablito le gritó para que escuchara la gente.
-¡Escuchame; vení a hablar conmigo, no te vayas!
El vago lo ignoró.
-¡Dale vení! No necesito que me amenaces afuera del subte y acá arriba te hagas el bueno.
-Después hablamos.
-¡No! Hablemos ahora.
Pablito apeló al público:
-Es así, ¿ven?, uno quiere venir a trabajar al subte, a dar una expresión artística para brindarles un buen momento, y tiene que bancarse ser amenazado. Vení no te vayás.
Un viejo de cara caída, sentado en una punta dijo:
-Por favor, vayan al próximo vagón. No hagan más quilombo. Uno quiere volver tranquilo a la casa y ustedes están con el chingui chingui...
El vago se fue para el cambio de vagón. La nenita se puso a repartir sobrecitos de plástico. Pablito lo siguió con alguna que otra increpación. Se fueron para el cambio del vagón a seguir discutiendo.
Yo quedé ahí con mi guitarra, mirando a la gente que volvía de un día laboral cansador a sus casas.
Me debatía interiormente qué era mejor. Tener un trabajo formal, un sueldo fijo; dedicar ocho o más horas a una causa que se suele odiar; o girar por las calles, vendiendo panes rellenos, tocando la guitarra en el subte, todo para poder comer, para seguir disfrutando de algunos gustos.
Fueron casi dos horas de subte. La que más tocamos fue Sweet Georgia Brown. Esperamos haber podido alegrarle la tarde a la gente, a pesar del viejo con cara caída y ojos rojos.
Hicimos más de cuarenta pesos cada uno. No estuvo mal. Quizás vuelva algún día.
-Mirá yo no necesito que me amenacés. No te tengo miedo. Además yo no trajé a nadie; vine con él hoy nomás.
-Yo no vengo más capo. No te preocupes -le dije para tranquilizarlo.
-Sí, si vos trajiste el de gorrita que toca esa cosa -hizo como que tocaba un tambor; pensé en Ivo y su djembé. -Ese ya se manda solo. No queremos más gente. Andá a otra línea pero no vengás más acá porque se pudre todo. Te lo digo bien, no traigas más gente.
Seguimos hablando medio bien, medio mal. Llegó el carro. Se mandó el loco a vender su "Manual para pasar el examen de conducir". La niña lo siguió y lo esperó. Antes de entrar en el carro, le dije a Pablito:
-Ya fue. Nos tomamos el próximo.
No me escuchó y se mandó tras del vago.
Pablito estaba furioso. No le gustó nada la amenaza. Mientras el vago repartía manuales, Pablito le gritó para que escuchara la gente.
-¡Escuchame; vení a hablar conmigo, no te vayas!
El vago lo ignoró.
-¡Dale vení! No necesito que me amenaces afuera del subte y acá arriba te hagas el bueno.
-Después hablamos.
-¡No! Hablemos ahora.
Pablito apeló al público:
-Es así, ¿ven?, uno quiere venir a trabajar al subte, a dar una expresión artística para brindarles un buen momento, y tiene que bancarse ser amenazado. Vení no te vayás.
Un viejo de cara caída, sentado en una punta dijo:
-Por favor, vayan al próximo vagón. No hagan más quilombo. Uno quiere volver tranquilo a la casa y ustedes están con el chingui chingui...
El vago se fue para el cambio de vagón. La nenita se puso a repartir sobrecitos de plástico. Pablito lo siguió con alguna que otra increpación. Se fueron para el cambio del vagón a seguir discutiendo.
Yo quedé ahí con mi guitarra, mirando a la gente que volvía de un día laboral cansador a sus casas.
Me debatía interiormente qué era mejor. Tener un trabajo formal, un sueldo fijo; dedicar ocho o más horas a una causa que se suele odiar; o girar por las calles, vendiendo panes rellenos, tocando la guitarra en el subte, todo para poder comer, para seguir disfrutando de algunos gustos.
Fueron casi dos horas de subte. La que más tocamos fue Sweet Georgia Brown. Esperamos haber podido alegrarle la tarde a la gente, a pesar del viejo con cara caída y ojos rojos.
Hicimos más de cuarenta pesos cada uno. No estuvo mal. Quizás vuelva algún día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario