Viene bien este trabajo en la feria. Agotador y estresante, sí, pero todo valdrá la pena cuando un fino y suave cheque verde de valor superior a cuatro mil pesos repose en mi bolsillo. Iré feliz al banco, veremos cómo la me la hacen pasar.
Escribo ahora sentado en el banquito de la biblioteca infantil, mientras los niños corretean por doquier transportando libros de una estantería a otra, los más chicos escapan de sus padres para disfrutar la excitante sensación de ser perseguidos y volverlos locos.
Haydée, mi compañera de trabajo, ordena los libros, tarea que considero ilusa hacer ahora, faltando siete horas para el cierre, restando venir aún infinidad de criaturitas a desordenar todo una y otra vez. Yo ordeno al final del día para tener una vana satisfacción de que los libros descansarán ordenados 18 horas hasta que vuelva el caos.
Ella está por allá, agachada, rodeada de peques, levantando pilas de libros y ordenándolos con su cara de cansada. Esperan que termine para lanzarse nuevamente sobre los libros y conservar el trágico estado de apocalipsis.
Sentado en este sector lateral, a metros de la puerta, ahora escribo, pero ya me leí unos cuatro libros, sin contar historietas ni infantiles.
Frases pronunciadas por padres, a pasos de haber atravesado la puerta, examinando el lugar: "Acá solo hay libros" y "Esto es para leer, vamos a otro lugar". Y pegan la media vuelta tirando del brazo de sus retoños y retoñas que se quedan analizando si entrar a probar un poco de ese sabor prohibido que es la lectura o seguir a sus mentores. No entiendo bien qué esperaban encontrar en la feria del libro. La mayoría de los viositantes entra, se saca una foto o simplemente saca una foto del lugar y sigue con la feria.
Ayer un gordito salió saltando contento, de la mano de su madre, me miró y me dijo cantando con alegría: "¡Chau Feria del libro, nos vamos a Mc Donalds!".
Los primeros cuatro días estuvieron tranquilos. Aproveché para conocer más a mis compañeros de la Feria como Fede, autodefinido como "de clase media pero con alma popular"; es fotógrafo y el otro día, hablando con compañeras, antes de ir cada uno a sus puestos, nos decía: "A mí me gusta sacar fotos, pero me gusta sacar las fotos desde adentro ¿entendés? Yo quiero mostrar lo que pasa en la Feria, pero que la gente no ve, porque vos ves todo lindo, pero hay unas irregularidades que no se pueden creer".
No sé bien a qué "irregularidades" se refiere. Si uno observa bien, se ven algunas cosas raras. Cosas que solo se aprecian desde esta perspectiva, desde el trabajo, sosteniendo el evento desde abajo, con el cuerpo, atendiendo al monstruo mayor que todos temen: el público.
Como guías e informantes no nos pueden ver comiendo o tomando café. Eso es lo que el público ve: jóvenes empleados modelos, arregladitos, vestiditos todos iguales, con una especia de jardinero o "delantal" horrible, parados derechos y dispuestos a ayudar a cualquier perdido visitante, no importa que tan nervioso esté, ni cuánto falte el respeto. Así ve las cosas el visitante, la familia que viene a pasar el día y conocer esta inmensa feria.
Cuando nadie lo nota, cualquiera de nosotros mete la mano en la mochila y extrae galletitas, bizcochitos, Frutigram, mate, torta de chocolate, o, en mi caso, arroz con atún, sanguches de salame, matambre y queso, una pasta frola o un brownie. Caundo nadie escucha, surgen los comentarios bajos: "esta tipa está loca", "la vieja se olvidó de tomar las pastillitas hoy" o "¿sabés qué? me alegro que le hayan robado la cámara de fotos, era imbancable esa mina".
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