Finalmente terminó el trabajo en la feria. Fue algo agotador y estresante pero ya volví a las andanzas. La vagancia vuelve a mi rutina. No tengo que preocuparme por la economía por un par de meses.
Fui un empleado modelo. Asistí puntualmente a la feria, 20 minutos antes de su apertura. Me dirigía al hall central, saludaba a la jefa y al resto del staff, firmaba el libro, recibía una botellita de agua mineral de una marca que no voy a nombrar pero que es un brazo de la gaseosa más popular. Según una de mis compañeras, el agua "es más fea que la de la canilla". Me da igual.
Agarraba un par de programas para informarme de los eventos para poder informar al público de las actividades de la feria. Me sé el mapa de la rural de memoria, dónde queda cada pabellón y cada sala de actos.
Los primeros días no vino mucha gente, faltaba promocionar la feria. Yo me la pasaba leyendo mientras mi compañera regañaba a los niños, pegando estridentes "chicoooooooos" y amenazantes "en la biblioteca no se puede comer, no se puede beber, etc etc...". Cuando la situación se desbordaba y cachaba a un pibe dejando los libros en en el piso, su tono y volumen superaban valores tolerables con un "chiiiiiicooooooossss, los libros no se dejan en el piso, me entendieron, los dejan en las mestias".
Los días de semanas venían de los colegios, así que hasta las 16 horas, no paramos de recibir primeros, cuartos y quintos grados, que entraban un rato a la biblioteca, recibían el sermón de mi compañera, y se ponían a corretear peleándose por cualquier libro que encontraban.
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