...Las condiciones de trabajo no fueron malas. Nos las arreglábamos para comer todos los días: una ensalada improvisada en un tapper, sánguches de fiambres. Los demás (que trataban las ocho horas con el público) ecanutábanse unas galletitas, unos bizcochitos agridulces, un termo, mate, tortas. Cosas por el estilo.
Fue arduo el hecho de no recibir comida durante ocho horas, los cinco días de semana, nueve horas los fines de semana y once la "noche de la feria". Entre los empleados, los del sonido, el del aire
acondicionado, limpieza y seguridad se fueron formando redes de intercambio y transporte de la comida y el agua.
A las 17, iba a buscar agua caliente a las oficinas del Comité organizador en el Pabellón ocre, cruzando la feria, para tomar un mate cocido. Seguía las palabras de mi jefa: "Usted, si quiere un cafecito o agua caliente, se viene para el Ocre y se sirve ¿sabe?". "Muchas gracias", le dije y así fue que me llevé el termo para tomar unos cocidos a la hora del mate.
Al otro día del robo de la campera, fui, como siempre, con el termo, a buscar el agüita para el mate. Esta vez, por mi buen humor, fui por el frente parta saludar a mis amigos del comité organizador. ¿Para qué? Al verme, la recepcionista y la guardia de seguridad, ante mi: "permiso, paso al baño", me retrucaron: "Usted no puede pasar, esto es solo para el comité". Y ante mi insistencia: "pero yo vengo siempre acá, ¿cómo que no puedo pasar?", volvieron a negarse.
¡Qué bronca! ¡¿Es esta manera de tratar a los pobres empleados?! Me fui al baño público. Mientras meaba, pensaba en la rabia de no poder acceder a un poco de agua caliente para la merienda. Ya era suficiente con que no nos dieran de comer, encima no me permitían unos pocos decilitros de h2o. Decidí intentar por la parte de atrás, por donde siempre iba.
Salí del baño y me mandé por las escaleras de emergencia, para llegar a las oficinas desde el otro lado del corredor. No tuve mayor suerte. La guardia me vio ni bien entré a caminar por el largo pasillo y empezó a caminar hacia mí. La vi venir pero seguí, silbando, mirando a los costados. Al estar frente a frente, la miré a los ojos y me reí buscando su complicidad. Nada. Era una piedra. ¡Las fuerzas represivas actuaban sobre mí, un humilde individuo empleado para servir en un evento gigante e inhabilitado para servirme un mísera cantidad de agua caliente para tomar un pobre mate cocido!
-Señor, usted no puede estar acá, por favor retírese -me dijo la guardia de seguridad como pidiéndome un favor.
-Dale, dejame cargar un poco de agua. Lo vengo haciendo todos los días.
-Vamos, lo acompaño a la escalera.
No sentí vergüenza. Lo que pedía era básico: no iba a robar ni nada. Al volverme con la guardia, salió de una oficina una de mis jefas del comité organizador. Me dijo: pará, pará, ¿vas para la biblioteca infantil?". Se me iluminó la cara de felicidad al pensar que ella a darle el ok a la guardia de que podía estar ahí y cargar agua y, rebosante de alegría, volverme a mi lugar a tomar un matecito cocido para la merienda.
-¿No te llevás esta abrochadora que yo vengo de ahí y estoy cansada para volver?
Agarré la abrochadora pero antes de seguir mi camino acompañado de la fuerza privada a cargo del orden y la seguridad del lugar, le dije a mi jefa: "¿No le decís que me deje cargar un poco de agua?"
Ella, con solo una palabra, podría haberme habilitado para tomarme un humilde mate cocido; su respuesta fue:
-No puedo, me cagan a pedos.
Volví a mi sector con el termo vacío y mucha bronca, después de haber sido reprimido (no violentamente) en mi intento de conseguir agua caliente. Quedaba una semana de feria. Nuestras cabezas dolían y queríamos que terminara de una vez.
Nuestros números eran inversos a los del comité organizador. El Comité era feliz si la Feria desbordaba de gente y se llenaban las arcas de las editoriales y demás comercios. Nosotros rezamos cada día para que no viniera nadie. "Lindo día -pensaba antes de salir a la Feria- ojalá las familias se vayan al campo o a una plaza y no se vengan a encerrar a la feria del libro. Sin embargo, la gente no tenía nada mejor que hacer...


Simple y sublime relato de la opresión. Aguante la Flia, Agua caliente para todos, y Yerba mate libre!!
ResponderEliminarSeguro que si tu mamá se enteraba que no te daban agua te llevaba todos los días un termo. Hay que recurrir a las madres cuando las jefas no tienen sentimientos.
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